viernes, 8 de enero de 2010

Dos bajo uno - Encuentro (Cap. 4 publicado)

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El blog "Dos bajo uno", proyecto de escritura espontánea entre los bloggers "Cajón de Almidón" y "Mujer en laberinto", ha publicado su cuarto capítulo; Encuentro. Animaos y entrad, ahora parece que empieza lo bueno...

Aquí os dejo el enlace:
Dos bajo Uno

lunes, 4 de enero de 2010

Abstracción discontínua

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Irrisorio estado de enfado. Oscuro velo de coaguladas sensaciones de incertidumbre. Navegar entre natillas, andar con épico esfuerzo a través del fango, ahogarse en nubes de azucar... dulce, amargo, blanco y negro... quedarse en un punto intermedio donde la oscuridad intenta hacerse con el control, pero no ocurrirá, es un hecho.

Un enorme gato, tres palmos más grande que yo, me espera a escasos metros de mi. Me sonríe y espera mi llegada. Algo me quiere decir.

- No te fies de ningún perro, amigo, son todo falsedades, no querrá nada bueno y cualquier mal que pueda relizar sobre tu persona será llevado a cabo - estas son sus palabras al llegar a su lado. Lo observo con desconfianza y sigo mi camino - ¡¡Miaaau!!! - es lo último que escucho al dejarlo atrás. Me viro y veo como lame sus patas mientras me observa sonriendo.

Al girarme no existe nada. Todo es blanco. No hay suelo, no hay paredes, ni techo, ni tan siquiera cielo. Todo es blanco, firme y uniforme. Sigo caminando hasta que comienzan a aparecer sombras indefinidas de la nada. Se dirigen hacia mi y respiraciones varias se acumulan a mi alrededor. Me detengo. Miro al suelo y un perro negro se encuentra sentado observándome. Su lengua está fuera, su respiración es acelerada y sus ojos desbordan alegría. Recuerdo las palabras del gato. No se que pensar, todo es tan irreal... El perro coge algo del suelo y lo suelta sobre mis pies. Es un simple palo. Se reincorpora a la vez que su mirada va del palo hacia mi. Ladra. Una vez, dos veces. Por fin me decido, nada malo puede pasar. Cojo el palo y lo lanzo con toda mi fuerza hacia el infinito blanco sin fin. El infinito es finito y mi lanzamiento quiebra en mil pedazos el impoluto blanco como si de un cristal se tratase.

Camino ante la nada y mis pies desnudos sangran. Ante mi un cielo que en cuestión de segundos pasa de la noche al día y así sucesivamente. El tiempo pasa inexorable, sin perdón, sin pasión, sin esperar por nada ni nadie. Es inocuo, intolerante, intransigente, sin nigún don de gentes.

El cielo desaparece y una enorme boca de mujer hace acto de presencia. Una sonrisa kilométrica se despliega ante mi. Su forma cambia a un gigantesco beso. Siento su aliento fresco y renovado en mi rostro. Corro y salto hacia su labio inferior. Me agarro con fuerza. Su textura, carnosa y suave, me produce una enorme satisfacción. Se entreabre y su lengua me recoge en un armonioso relamir. Estoy dentro.

Nunca la osuridad fue tan bella. Servir de alimento, servir de sustento. Todo un placer para un simple sujeto. Pero... ¿quien habla de simpleza cuando se trata de mi? ¿Acaso yo mismo? Imposible, esto no es real.

martes, 29 de diciembre de 2009

El inicio de un fin, un nuevo inicio (cada vez más cerca)

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Pasó la tormenta y con ella el revuelto temporal que desde hacía unos días acompañaba mi travesía. Aún no brilla el sol con fuerza, pero tímidamente se va abriendo paso entre las nubes. El mar, vivo y enérgico, me indica su estado de felicidad ante su nueva y estable situación. Pequeñas y suaves olas menean el barco a modo de celebración, salpincando con sus pequeñas lenguas salivas de sal viva que besan mi rostro.

La verdad es que aún no se como he sobrevivido a estos terribles días. La fiebre se apoderó de mi y mis paranoias fueron in crescendo haciéndome creer que todo era real. Probablemente, muchos de mis temores se basaron en situaciones reales, pero mis propios miedos tomaron las riendas de la situación hundiéndome y provocando una parálisis emocional que me ha dejado fuera de juego. Pero como siempre, tras la tormenta vuelve la calma, y aquí estoy yo, demostrándome una vez más que todo es posible.

Me dirijo al puerto más cercano. Después de tanto tiempo ya es hora de que comience a llevar a cabo mis planes. Mis pensamientos parecen haberse organizado, o por lo menos ya tienen una forma más concreta. Se que en cierto modo será duro, dejaré muchas cosas atrás, pero no puedo dejar de sonreir ante un nuevo camino que está por descubrir. Romper con todo, seguir tus impulsos como latidos de vida que te indican cuales son los pasos a seguir. Son mis deseos, mis necesidades, mis miedos, es todo aquello que quiero que sea y será... para bien o para mal, ha de ocurrir.

Después de muchos días ausente en un plácido coma inducido, ella vuelve a aparecer tras la puerta del camarote. Apenas puede abrir los ojos. Aún así me sonríe y me manda un beso aparentemente lleno de amor. Lo siento, no me creo nada, pero aún así le sigo el juego y le mando otro de vuelta arropado en una enorme sonrisa. Nuestro días están contados y nada más llegar a tierra nuestros caminos se separarán inevitablemente. Probablemente nos mentiremos y nos diremos que pronto volveremos a vernos, pero si eso ocurre no será más que una despedida prolongada. Después de todo, creo que es lo mejor. Hemos disfrutado, nos hemos amado superficialmente aunque hayamos querido creer que era algo más profundo, y las cosas a fin de cuentas son las que son. Nada es para siempre y esta historia, como tal, está llegando a su fin... pero... ¿y quien dice que lleve razón?... todo está por escribir, pero lo que está claro es que no pensaré cuales serán las próximas palabras que definirán mi futuro.

Por fin atisbo tierra firme. Pronto llegaré a puerto y podré abandonar la mar. Pronto podré estar realmente a solas conmigo mismo y el mundo entero.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Días presentes en el olvido eterno

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La calma del océano me sorprende. No hay movimiento alguno y tanta paz, para ser sincero, no me tranquiliza. Mi piel se eriza ante un futuro inminente, mis entrañas se revuelven ante algo que está por suceder. No me digais como, pero estoy seguro de que algo va a ocurrir. Aún así, el barco se mece plácidamente en un día soleado, donde el suave susurro del mar me adormecería en cualquier otra circunstancia. Mi piel, antaño blanquecina como la sal, está dorada y brillante. Mi cuerpo, algo más flaco que de costumbre, no es más que fibra tras la ausencia de buena comida y el exceso de actividad física.

Ella se encuentra en el camarote, durmiendo, como siempre. A veces me pregunto como diablos me he embarcado en este viaje. Intento no pensar en las consecuencias, ni tan siquiera esperar nada a cambio. Mi filosofía es tan simple como hacer aquello que deseas. Intento no pensar demasiado, eso nunca me dio buenos resultados y parece que su ausencia funciona. A fin de cuentas, en esta vida no podemos andar mendigando, haciendo trueques emocionales, esta vida no es más que eso... vida, y como tal hay que vivirla sin ningún tipo de contemplación, pase lo que pase. Por ahora puedo decir que el resultado es positivo. En estos momentos el vaso se encuentra medio lleno, puede que en pocos meses esté medio vacío, pero como siempre, eso dependerá del punto de vista que quiera y pueda darle.

Me dispongo a elevar el ancla para continuar nuestra travesia cuando de repente un fuerte golpe me sobresalta. Me dirijo hacia su procedencia y no puedo dejar de sorprenderme al encontrarme una enorme gaviota muerta en el suelo. De su boca sale sangre y sus alas están totalmente abiertas, como si de un jesucristo alado se tratase. Miro hacia el cielo y no hay ningún ave a la vista. Me resulta extraño, una enorme tranquilidad invade el lugar, apenas hay movimiento a mi alrededor, solo el mar y las nubes bailan para mi. Observo nuevamente a la gaviota. La sangre fluye formando un pequeño charco. Me agacho y me dispongo a recogerla para tirarla al mar cuando de repente bate las alas con fuerza. Mi sorpresa es tal que doy un salto hacia atrás desplomándome en el suelo. La gaviota se reincopora con total naturalidad. Una vez en pie observa su propia sangre en el suelo y restrega su pico como si intentase recuperarla. En ese preciso instante parece caer en la cuenta que tiene compañía. Se gira hacia mi y me observa. Sus ojos se clavan de forma intensa en los míos. Nunca pensé que un animal, concretamente un ave, pudiese transmitir tal grado de humanidad. Nada existe a nuestro arededor, solo ella y yo. Da dos pequeños pasos hacia mi y mi primer impulso es alejarme. Aún así, me mantengo inmovil, lleno de curiosidad y a la espera de que suceda algo. Ejecuta un pequeño movimiento de cuello hacia su izquierda. Me estudia con detenimiento y curiosidad. estoy seguro que si tuviese voz tendría algo que contarme. De repente, en un violento instante, bate sus alas con fuerza y se impulsa para volar. Observo como se aleja, volando y planeando majestuosa, libre, única, sin rendirle cuentas a nadie.

- ¿Que ha sido eso?

Nuevamente vuelvo a asustarme, esta vez al escuchar su voz. Probablemente el golpe la haya despertado. No se muy bien que contarle, lo que ha ocurrido ha sido algo extraño, algo demasiado íntimo que no me atrevo a revelar.

- Nada, he tropezado y me he caído - miento vilmente con la primera excusa que me viene a la cabeza.

- ¿Estás bien? - intenta precuparse con los ojos hinchados de tanto dormir.

- Si, si, no te preocupes, estoy bien - la tranquilizo y me reincorporo rápidamente para que se de cuenta de ello - Anda, sigue durmiendo. Ya me encargo yo de la comida - la beso en la frente a la vez que la abrazo. Su cuerpo está caliente y en su rostro aún puedo adivinar las marcas de la almohada. Me sonrío y la vuelvo a besar - Venga, a calentar la cama, no vaya a ser que te eche de menos.

- Creo que tienes razón - me responde con los ojos cerrados y una dulce sonrisa que me conmueve. Su inocencia es tal que nada podría reprocharle.

Me vuelvo y miro hacia el cielo. El sol brilla sobre mi rostro, duro y reconciliador. Esta es mi vida, estás son mis próximas horas, mi única realidad...

viernes, 27 de noviembre de 2009

La incesante búsqueda de lo primordial

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Oscuras láminas de cristal fluorescente caían desde el cielo. Su brillo, apenas perceptible, no presagiaba nada bueno para esa noche. Aún así, no dejaba de ser un espectáculo maravilloso. En el interior de mi auto estaba a salvo, pero todos aquellos peatones que deambulaban sin rumbo fijo a altas horas de la madrugada no sabían lo que se les venía encima. De golpe, todos los cristales fueron deshaciéndose en pequeñas partículas, quedando un polvo estelar que fue aterrizando sobre cada uno de ellos. El auto se impregnó de dicho brillo mortecino, mientras que todos aquellos que se encontraban en el exterior no pudieron dejar de aspirarlo. De repente, todo quedó paralizado. Todas las personas que andaban al aire libre cayeron derrumbadas. Muchos se abrieron sus cabezas contra el suelo, otros tantos desaparecieron por las escaleras del metro y algunos incluso se precipitaron desde sus balcones.

Esperaba este momento, sabía que sucedería y lo que ahora tenía frente a mi no era más que una imagen digna del infierno de Dante. Un silencio atronador invadía la ciudad. Todo había dejado de funcionar. Abrí la guantera y cogí la máscara de gas. Una vez puesta, salí del coche y comencé a caminar entre los cuerpos. Muchos aún respiraban. Seguí indagando hasta que por fin di con ella. Aún estaba viva. Cogí su bolso y lo vacié en el suelo. Después de tanto tiempo, ahí estaba. De una vez por todas lo había encontrado. Lo guardé con mimo en mi bolsillo izquierdo. Ya había finalizado mi misión. Ya no tenía sentido seguir aquí.

Volví al coche y me subí al techo. Desde ahí solo tuve que estirar mis brazos al cielo. Un enorme haz de luz cayó sobre mi cubriéndome al completo. Note como mi forma humana comenzaba a desintegrarse. Ni tan siquiera sentía dolor, más bien un incómodo cosquilleo que penetraba en cada una de mis células.

Ahora ya no soy lo que era, tampoco sabría decir muy bien lo que soy, ni mucho menos donde estoy. Lo que si se es que conseguí aquello que buscaba y aún me queda un enorme camino por recorrer...

lunes, 16 de noviembre de 2009

Hagamos algo absurdo

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Subía las escaleras y sus pensamientos comenzaban a tomar una forma concreta. Las volvía a bajar y algo comenzaba a ser preciso en su consciente. Ya en la calle los primeros rayos de sol confirmaban lo que era su pensamiento actual. Su toma de consciencia fue arrolladora, más que por su propio peso por su enorme claridad. Era algo evidente que no había alcanzado a comprender, más que nada porque la situación era la que era y no necesitaba ninguna explicación para seguir disfrutando de aquel momento tan dulce. Por una vez en la vida las emociones habían quedado atrás, se habían tomado unas largas vacaciones en las que él pudo vivir con total normalidad. Aún así, todo había sido extrañamente ajeno. Era su propia vida la que corría, era su propio cuerpo el que disfrutaba, su cabeza se lo repetía una y otra vez, pero nunca dejó de sentir que estaba viviendo de prestado.

Ya en el autobus pudo hacerse con un asiento desde el cual contemplar como la ciudad iba cobrando vida en su que hacer diario. Maravillado, no podía dejar de pensar en lo mismo. La cuestión es que no se sentía mal por todo aquello que había dejado de sentir y disfrutaba con esta nueva vida que, sin darse cuenta, él mismo había decidido vivir. Todo había salido según lo planeado, según sus propios deseos, pero ahora mismo no estaba seguro de que eso fuese exactamente lo que deseaba.

El resto del día lo pasó en la oficina, trabajando y dándole vueltas a todo esto. No profundizó demasiado en el tema, pero si que aclaró sus propios pensamientos al respecto. Hasta ahora había conseguido que todo fuese lo suficientemente superficial como para disfrutar de ello y no recaer en ninguno de sus pozos negros.

Una vez en casa se dispuso a cumplir con cada una de sus rutinas. Al finalizar se tomó un largo baño. El agua y su cuerpo desnudo, ninguna mentira podía existir en ese momento. Cada una de sus cicatrices le hablaban, le hacían sentir la realidad de su existencia, la verdad de su ser y esto le gustaba. Verse reflejado y reconocerse, admitir la venerable evidencia de lo que somos. Esto siempre le había fascinado.

Una vez pasada la medianoche, como últimamente había acostumbrado a suceder, llegó ella. Ambos se saludaron con cariño comedido, un beso simple pero enorme. Ninguno de los dos quiere reconocerlo, evitan conversar sobre cualquier tema que tenga que ver con su situación actual. Solo están dispuestos a disfrutar del momento, de sus cuerpos, de su compañía, de las infinitas caricias que se suceden hasta caer rendidos por el sueño. Todo queda oculto tras las dulces sonrisas que se regalan el uno al otro, pero el miedo no deja de estar presente. Es un invitado más, pero de acción externa. Al final no deja de ser un mero espectador, un árbrito que les recuerda que no pueden ir más allá. Su relación tiene fecha de caducidad y ambos lo saben, de hecho han sido ellos mismos los encargados de sellarla. Esto no parece preocuparles y, a fin de cuentas, es lo que importa.

Hacen el amor, conversan, ríen y se acarician por el resto de la noche, dejando que el silencio los aturda poco a poco, pero esta noche sería diferente.

- Hagamos algo absurdo - susurra él rompiendo el silencio.

- ¿Cómo?

- Hagamos algo absurdo - vuelve a repetir a la vez que se gira hacia ella y le acaricia el rostro.

- ¿A que te refieres?

- Amémonos, aunque solo sea por esta noche...